Evangelio y Reflexión del día. Por Fray Manuel Díaz Buiza

El poder de la Gracia

Mateo (5,43-48)Evangelio según san Mateo (5,43-48)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo: «Amarás a tu prójimo» y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.»
Palabra del Señor

Jesús nos propone amar a la medida de su amor:»sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto». En estas palabras está contenida toda la moral del Evangelio. No hay otro modelo que seguir para esta nueva vida que obrar a imagen y semejanza de Dios. En el «como» se fundamenta la vida según el Evangelio: ser «como» Dios, ni más ni menos.
El cristiano cree en el poder de la gracia. «Si sólo amáis a quienes os aman, ¿qué mérito tenéis? Para actuar así no se necesita la fe. Si ser cristiano es solo cuestión de bondad ¿para qué serviría el Espíritu Santo? El amor es una apuesta, una fe, un compromiso de vivir como vive Dios, sin más seguridad que la del Espíritu de Dios. Sin esperar nada a cambio, ni por parte de los hombres ni por parte de Dios, a no ser la gracia más allá de toda medida.
Dichoso el que se atreve a soñar con un mundo nuevo y está dispuesto a darlo todo para que su sueño se haga realidad en la vida de los hombres. Esos son los verdaderos discípulos los que aman sin medida. ¿Eres tú uno de ellos?

¡Paz y Bien!

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Evangelio y Reflexión del día. Por Fray Manuel Díaz Buiza

¡Asombrados por su Gracia! (Fiesta de San Antonio)

Marcos (4,26-34)Evangelio según san Marcos (4,26-34)

En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: «El Reino de Dios se parece a lo que sucede cuando un hombre siembra la semilla en la tierra: que pasan las noches y los días, y sin que él sepa cómo, la semilla germina y crece; y la tierra, por sí sola, va produciendo el fruto: primero los tallos, luego las espigas y después los granos en las espigas. Y cuando ya están maduros los granos, el hombre echa mano de la hoz, pues ha llegado el tiempo de la cosecha.»
Les dijo también: «¿Con qué compararemos el Reino de Dios? ¿Con qué parábola lo podremos representar? Es como una semilla de mostaza que, cuando se siembra, es la más pequeña de las semillas; pero una vez sembrada, crece y se convierte en el mayor de los arbustos y echa ramas tan grandes, que los pájaros pueden anidar a su sombra.»
Y con otras muchas parábolas semejantes les estuvo exponiendo su mensaje, de acuerdo con lo que ellos podían entender. Y no les hablaba sino en parábolas; pero a sus discípulos les explicaba todo en privado.
Palabra del Señor

¡Como para no estar asombrado! Detrás de todo, en el corazón de la vida, junto a nosotros hay una presencia amiga que no nos deja ni un instante. Es un aliento de vida, una fuerza divina que no deja de trabajar por dentro, en el mayor silencio. Algo así como ese misterioso empuje que, nadie sabe como, hace germinar y crecer la semilla.
No existe en la cosas de Dios proporción entre el esfuerzo y el resultado, se tiene esa extraña sensación de que no corresponde lo que tú haces con lo que después sucede; en el fondo vivimos asombrados porque estamos metidos en una obra que nos desconcierta, porque continuamente nos desborda.
Por eso Dios se complace de que sus obras arranquen de lo muy pequeño:»¿con qué podemos comparar el Reino de Dios? Con un grano de mostaza, la semilla mas pequeña».
Dios quiere que nunca nos tiente la soberbia cuando vemos que todo marcha viento en popa, ni caigamos en el desaliento cuando nuestros reiterados esfuerzos no encuentren la más pequeña respuesta.
Lo nuestro es trabajar, poner cuanto esté de nuestra parte. El resto, es bueno que lo dejemos a Él: es cosa suya. Y que confiemos, al fin y al cabo esta es la gran verdad de nuestra fe: saber confiar, saber esperar. ¡Estamos en buenas manos!

Celebramos hoy la Familia franciscana junto a toda la Iglesia la fiesta de San Antonio, este «hijo predilecto» de San Francisco, en el que podemos descubrir precisamente la lógica evangélica, pues supo vivir la fe desde la sencillez, la humildad y la pobreza más absoluta. Fue un verdadero hijo de la luz que luchó contra todo tipo de males y puso su vida al servicio de los más pobres. ¡Bienaventurado San Antonio que amó al estilo de Dios!
¡Feliz Domingo!

¡Paz y Bien!

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Reflexión del Evangelio | XI Domingo del tiempo ordinario | Fr. Antonio Majeesh George Kallely, ofm

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