Música en el Santuario

Música en el Monasterio

El conocido divino arte ha sido y es uno de los exponentes de cultura y fe con mayor arraigo en el monasterio de Guadalupe, que nace desde el primer momento en que se funda el priorato secular y comienza la actividad musical, estrechamente relacionada con el culto y con las costumbres propias de la comunidad religiosa que hacía que los capellanes tenían dedicación exclusiva al canto y a los sacramentos.

Vista General del Coro

De los primeros 49 años de existencia de esta comunidad monacal no existen referencias que nos puedan ayudar a conocer datos sobre la música de este lugar, aunque probablemente estuviese estrechamente relacionada con la música que se hacía en Toledo.

Sin duda la llegada de la Orden de San Jerónimo a Guadalupe en 1389 y su carácter contemplativo le otorgó a la música un papel fundamental, y más específicamente el canto gregoriano, que para su ejecución necesita de una organización y técnica, que requiere la presencia del perfil del corrector que se encarga del coro y del cuidado de los libros corales. A partir del siglo XVI nace la figura del maestro de capilla, encargado de la música polifónica. Además, un visitador que solía aparecer cada tres años era el responsable de la música y el oficio divino.

La polifonía (canto de órgano) y ciertas formas de contrapunto tardaron en ser asimiladas por el recelo existente en la Iglesia, fundamentalmente por que no se entendía la letra. Aunque en Guadalupe se le dio cierto espacio a este tipo de contrapuntos improvisados. El archivo musical del monasterio no conserva música polifónica del siglo XV, sin embargo sí existen cuatro libros de polifonía escritos en el siglo XVII, que contienen música de ambas centurias.

Existe evidentemente una estrecha relación entre música y culto, y una disposición por exaltar todas las fiestas religiosas y procesiones con la belleza de la música como queda reflejado en los numerosos testimonios documentales como las escritas por el Padre Gabriel de Talavera. Guadalupe dispuso de una excelente capilla de música, comparable a otras catedrales o monasterios españoles, con presencia de ministriles, chirimías, sacabuches y otros instrumentos propios de aquella época.

Además de los actos religiosos la música también estaba presente en otros momentos como en el refectorio, en los autos sacramentales o durante las disciplinas. Ocupan las representaciones de carácter religioso un lugar especial dentro del coro o de la iglesia, y en ellas la música como elemento conductor. Destacaban las veladas e interpretaciones con motivo de las visitas de los reyes, especialmente Felipe II, que coinciden con la época de las representaciones que se hacían en el Escorial. Estas comedias, representadas en el siglo XVI versaban sobre la vida de santos, autos de Navidad y villancicos. A partir del XVIII se impone el auto sacramental sobre todo el de Pedro Calderón de la Barca. En todas estas intervenciones musicales se solía contar con músicos y cantores contratados y traídos de otros lugares, aunque solían contar con frailes de la capilla de música o estudiantes del Colegio de Infantes (ubicado en que hoy es el Parador de Turismo).

Además de cantantes, el monasterio de Guadalupe también contó con muchos instrumentistas, introduciéndose en los siglos XVII y XVIII violines, trompas, baxones, oboes, flautas y otros instrumentos de viento y cuerda, destacando por encima de todos, el órgano, arpa y clave, utilizados para acompañar las obras barrocas a 8 voces.

Ocupa por tanto el órgano un lugar privilegiado en la música de este monasterio, aún hoy con la presencia del órgano de la basílica construido por la casa alemana Walcker en 1924, con las cajas barrocas del siglo XVIII construidas por Manuel Lara de Churriguera.

La tradición organística del monasterio es muy importante, iniciada en el siglo XV donde ya había más de un órgano, con cuatro pares de órganos en el XVI. Destaca el importante órgano construido en 1702 por Pedro Liborna y Echevarría que se colocó en la capilla de San Nicolás de Bari, o el de 1754 construido por Pedro Echevarría (organero del rey) rectificado por don Jośe Echevarría, organero del rey.

Si importante fueron los órganos, no menos el prestigio, destreza y formación musical de todos los organistas. El primero de ellos fue fray Juan de la Torre al que le siguió fray Fernando de Ciudad Real. Entre otros, citaremos a Francisco de Las Casas, fray Domingo de Santiago (discípulo junto a Antonio Soler de José de Nebra), Fray Lorenzo de Béjar o Fray Carlos de Salamanca.

Guadalupe también contó con la presencia de notables maestros de capilla, que en muchos casos eran los propios organistas y que sumaron un total de 12, siendo la figura más destacada la de fray Melchor de Montemayor (1588-1678) del que se conservan en el archivo siete composiciones. Fue, además de organista maestro de una gran influencia en sus discípulos. Ya en el siglo XVIII destacaron Blas de San José, Domingo de Santiago, José de Barcelona y especialmente, Manuel del Pilar, de cuyo catálogo se conservan más de 200 obras en el archivo de Guadalupe.

Tras la exclaustración (1835-1908) se hizo cargo de la música don Gregorio Cano, natural de Guadalupe, al que le sucedió su hijo Gabriel Cano Cordero y hacia 1887 su sobrino José Cordero, que formó orquesta y banda con más de una treintena de músicos. El declive de esta época afectó enormemente a la música religiosa, y el archivo del monasterio se vio privado de un buen número de obras.

Con la llegada de la orden de San Francisco en 1908 comienza un periodo de enorme actividad musical, tanto creativa como pedagógica y musicológica. La orquesta de José Cordero acompañaba a un coro con interpretación de obras desconocidas. Afortunadamente algunos franciscanos como Constantino Garmendia, Víctor Sillaurren, Bernardino Puig, Sebastián Simonet o Jerónimo Bonilla, fueron capaces de reorientar las costumbres musicales y rescatar la polifonía del siglo XVI de autores como Palestrina, Tomás Luis de Victoria, Jacinto Guerrero o Cristóbal Morales, entre otros. El coro lo conformaban los estudiantes franciscanos y los niños tiples.

Coro y Órgano en la actualidad

Uno de los momentos culminantes en este periodo fue sin duda la instalación del órgano en 1824. Se trata de un ejemplar construido por Alberto Maklin de la casa alemana Walcker, restaurado en los primeros años de la década de los 90 y pieza clave en Guadalupe en la actualidad.

Otras de las facetas de la orden franciscana es sin duda su interés por la investigación y rescate de la música como se viene demostrando en más de un siglo de custodia de este lugar. El estudioso más significativo fue el padre Simonet quien en sus Apuntes para la historia de la música en Guadalupe trazó las líneas generales de las capillas y de los órganos. Otro franciscano, el padre Arcángel Barrado confeccionó el catálogo del archivo musical, con referencias sobre su contenido y compositores.

Otros músicos y musicólogos franciscanos del siglo XX han sido Felipe Rubio Piqueras, fray Flores, fray Carlos Villacampa y fray Germán Rubio. También han destacado fray Victorino Contreras, fray José Perea, fray Bernardo Mora y fray David Ortiz García.

En el último siglo, y bajo el estímulo y apoyo de la Orden franciscana nacieron en Guadalupe cinco instituciones musicales: La Schola Cantorum, compuesta de estudiantes franciscanos, en 1927; la Banda de Música, creada en 1910; la Coral Santa María de Guadalupe, fundada en 1967; y la escolanía del Real Monasterio creada en 1929.

En la actualidad el Monasterio cuenta con un organista seglar, que además dirige la Coral y la Escolanía. Se trata del músico cacereño Tomás Sánchez Sánchez.

Órganos del Monasterio

La música en el Real Monasterio de Guadalupe ha sido una parte muy importante desde la propia fundación del monasterio, de tal manera que no es posible concebir una celebración de los oficios divinos y las misas sin la intervención del canto, del órgano y de otros instrumentos.

El devenir de los tiempos ha propiciado por tanto que el monasterio haya adquirido a lo largo de los siglos una serie de instrumentos que han cumplido las funciones musicales propias del sitio; y lo mismo que a día de hoy podemos ver una hermosa sillería en el coro donde los monjes oraban y cantaban, podemos también admirar los preciosos órganos que acompañaban dicho canto.

El monasterio, como ya hemos mencionado, ha poseído a lo largo de la historia varios instrumentos. El más antiguo de los que se conservan es un hermoso realejo de cuatro registros partidos, que en la actualidad se encuentra dentro de la caja de otro órgano –hoy inexistente-; y que data de la época renacentista tardía. Es en la actualidad el único realejo que de esa época renacentista, si bien se conservan restos arqueológicos y documentales de otros siete instrumentos similares y varios más pequeños que servían a las funciones litúrgicas del monasterio en esa temprana época.

Del siglo XVII hay también rastro documental de otro instrumento, hoy desaparecido, que ocupó el lateral del crucero, a la manera que estaba colocado el órgano del emperador en la catedral de Toledo. Este instrumento fue desmontado en el siglo XVIII (1742).

Ya en el siglo dieciocho y con algunos años de diferencia entre uno y otro, se mandaron construir los dos magníficos órganos barrocos que servirían para acompañar el canto de la comunidad. Ambos órganos fueron edificados por la familia de organeros Echevarría (Pedro Liborna Echevarría, Pedro Echevarría y Joseph Echevarría). Poco se conserva de estos instrumentos, amén de varias docenas de tubos repartidos en varios registros. Se sabe de ellos que tenían dos teclados y un pequeño pedalero de contras el órgano pequeño, con 37 registros; y tres teclados con el mismo tipo de pedalero de contras, con 49 registros, el grande. Se sabe además, que por el tipo de instrumentos que construyó Pedro Liborna Echevarría en Salamanca, que probablemente estos instrumentos fueran los primeros en tener un teclado expresivo en todo el mundo, seguido por los órganos de la Catedral Nueva de Salamanca.

Del siglo dieciocho son también dos órganos menores del tipo positivo que posee el monasterio. Uno de ellos está albergado dentro de una caja barroca, de Manuel Lara Churriguera –como los órganos mayores- gemela a la que alberga el realejo antes mencionado. El otro probablemente es una reforma efectuada por Pedro de Echevarría de alguno de los realejos existentes; y a día de hoy se encuentra en la Sala Capitular Alta del Real Monasterio.

La exclaustración de los monjes jerónimos supuso un parón en la vida musical y cultural, lo que provocó un abandono de los instrumentos, cuyos tubos fueron en muchos casos sustraídos para fundirlos y dedicar el metal a otros propósitos, como por ejemplo la fabricación de munición. Hasta la llegada de los franciscanos a comienzos del siglo XX, no se retoma la vida musical del monasterio, suspendida casi por completo durante más de medio siglo; pero no es hasta 1924 cuando no se acomete la construcción de un órgano nuevo para el monasterio.

El instrumento se encarga al organero alemán afincado en España Albert Mercklin, que construye un órgano electroneumático albergándolo en las cajas –en ese momento medio vacías- de los instrumentos de los Echevarría. El instrumento ahora tiene un carácter romántico, de timbres llenos y pastosos, suaves y también timbricos, casi sinfónicos. La construcción del nuevo instrumento supuso, según relatan las crónicas, todo un acontecimiento para la comunidad y para el pueblo de Guadalupe.

El instrumento de Mercklin tenía tres teclados, dos de ellos reversibles; y aproximadamente unos cincuenta registros, tocados desde una consola que ocupaba el espacio de la actual; y que era lo más avanzado en ergonomía que se pudiera soñar, con teclados inclinados para facilitar el toque, o pedalero radial y cóncavo.  Los dos teclados superiores eran de tipo “expresivo”.

El órgano Mercklin no dejaba de tener algunos problemas evidentes, a pesar del gran avance que supuso su instalación; y estos problemas eran sobre todo de espacio, y de sensibilidad. De espacio porque se instalaron muchos registros grandes en el lugar donde solo había registros pequeños; pues los registros de un órgano barroco ocupan mucho menos espacio que los de un órgano romántico; y además se colocaron registros de pedal donde anteriormente nunca los hubo. El problema de sensibilidad venía del modo de transmisión neumática empleada, pues los enormes cambios de humedad del ambiente, provocan que este tipo de mecanismos no operen debidamente.

Estos problemas quedaron relativamente solucionados en los años noventa del siglo XX cuando se acometió la última reforma que sufrió el órgano, por parte de la empresa Walcker, en la que se electrificó por completo el mecanismo y se reformó la disposición, ampliándola, para quedarla tal como está en la actualidad. El instrumento queda con 63 registros sonantes, que se completan hasta 89 mediante acoplamientos y extensiones; situados en cuatro teclados más pedalero completo. El requisito principal de la nueva reforma que hizo Walcker fue la de recuperar la sonoridades de los órganos españoles de Echevarría e integrarlas en un instrumento de corte sinfónico donde fuera posible interpretar todo tipo de música; sin ocupar más espacio del que ya ocupaba el instrumento dentro de la basílica, y sin alterar visiblemente la estética exterior de las cajas existentes.

La colección de instrumentos del Real Monasterio de Guadalupe se completa con la adquisición de un quinto órgano, barroco en este caso, que llegó al monasterio a través de una donación efectuada en el siglo XX. Este órgano es un precioso órgano del siglo XIX, pero de estética barroca tardía, con teclado partido; y primorosamente adornada con motivos florales.

El Real Monasterio de Guadalupe posee además varios armonios del siglo XIX, aunque alguno de ellos está inservible, y varios pianos, del siglo XIX y XX.

Texto: Tomás Sánchez Sánchez. Organista del Real Monasterio de Santa María de Guadalupe.

Coral

La Coral Santa María de Guadalupe es por méritos propios una de las asociaciones culturales más veteranas de Guadalupe, además de una entidad de indiscutible presencia en todos los actos y solemnidades que se organizan en el Monasterio y Santuario de Guadalupe, y un hito musical dentro de la historia guadalupense y de Extremadura.

Este año 2009, la Coral conmemora de manera extraordinaria sus cuarenta años de existencia, aunque su origen se remonta a algún tiempo atrás, tal y como hemos podido constatar en los archivos del Monasterio. Si embrago, la historia reciente de esta agrupación comienza –según hemos podido corroborar en la revista Guadalupe- a finales de los años 60. En los textos de esta publicación ligada al Monasterio hemos podido comprobar como se hablaba de Coral Guadalupense e incluso de Agrupación Coral Mixta de Guadalupe, a una masa coral mixta, que dirigía en aquel entonces el franciscano Fray Iñigo Gallego Tabernero, cantaban a cuatro, cinco y siete voces, con un repertorio fundamentalmente relacionado con el folclore extremeño y guadalupense. Aquello, que pudiera ser considerado el germen de la actual masa coral, fue el punto de partida de una historia hermosa, desconocida en general y con un interesante hilo conductor musical que ha permitido la existencia hasta nuestros días de este grupo musical, pero sobre todo de un grupo humano que encuentra en la música la fórmula idónea para relacionarse con los demás y para practicar la Fe.

Inicios de la Coral

Desde entonces, un gran número de voces, de hombres y mujeres de Guadalupe han pasado por esta agrupación. Bajo la batuta de un total de once directores, en su mayoría franciscanos, han cantado ante la imagen bendita de Santa María de Guadalupe y en el mismo coro en el que los monjes jerónimos entonaban sus melodías gregorianas. Cada componente ha vivido su propia historia, y la suma de todas ellas, ha sido un auténtico ejemplo de esfuerzo, dedicación, amor a la música y religiosidad.

Tal y como avanzábamos en la introducción a este artículo, el origen de la Coral Santa María de Guadalupe se remonta al año 1967, cuando de manos del entonces Padre Iñigo Gallego, un grupo de voces mixtas de Guadalupe, conforman una importante masa coral que no tarda en cosechar sus primeros éxitos musicales, como fue la participación en el III Concurso de Coros y Danzas en los Festivales de España en Cáceres en el que concurrieron nueve pueblos de la provincia de Cáceres, y cuyo máximo galardón obtuvo la Coral Guadalupense, interpretando “Un calderero me ronda”, “No pienses que por ti voy”, “Canto de mozas”, “Lo Moreno lo hizo Dios” y “La Jota de Guadalupe”, todas ellas armonizadas por el propio Iñigo, a cuatro, cinco y siete voces mixtas.

Algunas actuaciones destacadas de esta época fueron las realizadas con motivo de las fiestas patronales en las que sus miembros ataviados con el traje típico extremeño ofrecían actuaciones de muy alto nivel en el mismo atrio del Monasterio; Del mismo modo se recuerdan las intervenciones conjuntas con el coro infantil o la agrupación denominada “Hormas Club” en la Navidad de 1968, con la interpretación del villancico “Todos los niños que sufren”, popularizado en Guadalupe desde entonces y que incluso sirvió aquella temporada como sintonía de la campaña que el Gobierno Civil de Cáceres hacía destinando fondos a proyectos sociales.

En el año 1970 Iñigo Gallego dejó la batuta y las riendas de la agrupación se puso en manos de dos guadalupenses, Rafael Moreno Tello y Manuel Torrejón Collado, hasta la llegada de Fray Serafín Chamorro Rodríguez, nombrado superior del Monasterio de Guadalupe en el CXXXV Capítulo Provincial de la Provincia Bética Franciscana celebrado en Guadalupe entre los días 3 y 20 de julio de 1971.

Del primero de ellos mencionar la su estreno como director en la actuación del 26 de noviembre de 1970, en la que ofrecieron un concierto folklórico-musical con motivo de la Semana Cultural que se organizó en el Tele-Club, bajo el patrocinio de la Dirección General de Cultura Popular y la Delegación Provincial de Información y Turismo.

Actuación de la Coral, años 90

A juzgar por las crónicas encontradas en la revista Guadalupe entre los años 1971-1974, época en la que Chamorro se hizo cargo de la Coral, podemos afirmar que fue una época de mucha actividad musical y también lúdica. Así en este tiempo las ciudades de Ávila y Segovia fueron visitadas el 2 de julio de 1972 por los coralistas, se produjo la primera actuación de la Coral en Televisión Española (8 de diciembre de 1972), actuaciones con motivo del Día del Amor, Jornadas de la Hispanidad y otras, especialmente la que supuso la obtención de un premio provincial en Cáceres.

Cuando Chamorro es nombrado Ministro de la Provincia Bética Franciscana en el CXXXVI Capítulo, celebrado en 1974, la Coral se le encomienda a Fray Bernardo Mora González-Haba, responsabilidad que asume hasta 1980.

La época de Mora también se destacó por su propia impronta, trasladándose a la masa coral las cualidades musicales y compositivas del director, y lográndose un interesante historial musical, recogido en las páginas de la revista, que hablan de las buenas interpretaciones con motivos varios: Novenario, Jornadas de la Hispanidad, Semana Santa…

Por último destacar de esta etapa, la primera actuación de la Coral ante la realeza española, concretamente ante sus majestades, Don Juan Carlos y Doña Sofía, el 12 de octubre de 1978, con motivo de la celebración de la Hispanidad; Del mismo modo la primera incursión discográfica de la coral, con la participación junto a la Banda de Música y otras agrupaciones en el disco “Guadalupe canta” cuya dirección fue de Rafael Moreno.

En los años 80 La Coral Santa María de Guadalupe comienza su andadura por esta época bajo la batuta de Fr. Eduardo Calero Velarde, quien se hace cargo de ella desde su llegada a Guadalupe en el año 1980 hasta su destino a Belalcázar en agosto de 1983, con motivo de la celebración del 139 Capítulo Provincial. A Calero, le sustituyeron otros directores franciscanos, de los que no hemos obtenido demasiada información. Estos fueron Fr. Manuel Tahoces Fernández (1983-1986) y Fr. Manuel Muñoz García (1986-1989).

El último de ellos, fue reemplazado en 1989 por Fr. Serafín Chamorro, que de nuevo volvió a tomar las riendas de la masa coral, hasta 1993 que coge la batuta el músico guadalupense y director de la Banda local, Cesáreo Plaza Álvarez -uno de los coralistas que empezó con Iñigo Gallego- que dirigió la Coral hasta finales de los noventa (1998) y al que sustituyó el franciscano Fr. Antonio Fernández Sánchez, que se hace cargo igualmente de la Escolanía del Real Monasterio, hasta el año 1998.

Con motivo del 144 Capítulo de la Provincia Bética Franciscana, celebrado en Guadalupe entre los días 25 y 30 de mayo de 1998, Fray David Ortiz García fue elegido Vicario Parroquial, tarea que compartió con la dirección de la Escolanía y la Coral Santa María de Guadalupe, y responsabilidad que desde entonces –once años- asume con celo y dedicación, convirtiéndose en el director más veterano de toda la historia de esta agrupación.

Las cualidades musicales y compositivas del director posibilitan la realización de nuevas grabaciones de la Coral. Así en el año 2001 ve la luz el disco “Voces de un Monasterio” que recoge algunos de las canciones más relevantes de la novena a Santa María de Guadalupe y que grabó junto a la Escolanía del Monasterio. Posteriormente, en el año 2008 la Coral Santa María de Guadalupe graba junto a importantes artistas y agrupaciones extremeñas dos temas para el disco “Jubilaeum Guadalupense in anno 2007-2008” interpretando el conocido “Augusta Reina” y el “Himno del Centenario” compuesto por Ortiz. Finalmente, y en el año 2009 grabó la “Misa extremeña guadalupense”.

Coral del Monasterio en la actualidad

A fray David Ortiz García le siguió durante un periodo de cuatro meses el tenor guadalupense Felipe Sánchez Barba, clarinetista en la Banda de Música, que dirigió a la agrupación en el novenario del año 2010 y hasta la Navidad del mismo ejercicio, que fue cuando tomó el mando el músico cacereño Tomás Sánchez Sánchez, organista también desde entonces y en la actualidad.


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