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La vida empieza nueva

Publicado el 19/04/2014

[Oficina de Servicios Pastorales del Real Monasterio. Textos: Versión Oficial de la CEE. Lienzo de El Greco]

1. Lecturas del Domingo de la Pascua de Resurrección

[Ciclo A: Hechos  10, 34a, 37-43; Carta a los Colosenses 3, 1-4;  Juan 20, 1-9].

Apóstol: “Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra”.

Evangelio: “El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro [...] Salieron Pedro y el otro discípulo, a quien quería Jesús, camino del sepulcro. [...] Llegó también Simón Pedro detrás de él y entro en el sepulcro [...] Entonces entró el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó″ 

2. Meditación

“Grábame como sello en tu corazón”: A los fieles laicos, a las personas consagradas y a los presbíteros de la Iglesia: Paz y Bien.

Cada vez que la comunidad eclesial celebra la Cena del Señor, la acción de gracias se cierra con esta aclamación: “Por Cristo, con él y en él, a ti Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos”. Las palabras de la oración quieren encerrar en su brevedad el honor y la gloria que la creación entera pueda tributar a su Señor: eso piden y eso alcanzan, pues aunque nacidas de labios pobres, nuestra pobreza ha sido asumida por la Palabra de Dios hecha carne, Palabra creadora, que realiza con su poder lo que decimos con nuestra debilidad. Esa misteriosa comunión con el Hijo de Dios, que pone plenitud de verdad en la oración de los pobres, hace también verdadera nuestra participación en el misterio de la Pascua de Cristo que nos disponemos a celebrar. En estos días sagrados, Iglesia amada de Dios, vas a contemplar a Jesús elevado en la cruz. Considera el misterio que esa crucifixión encierra. A él se refería Jesús cuando dijo: “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna”.

Cree para vivir, agradece la vida que por la fe se te ofrece, haz fiesta por el amor que en el don de Dios se te revela, “porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito”, al  único, al amado, al que lo es todo para él, y lo entregó “para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna”. Cuando miras al que fue levantado y, por la fe, acoges al que te fue entregado, no sólo confiesas que “la vida eterna” te viene “por medio de Cristo”, sino también que esa vida te viene “con él” y que la recibes “en él”.  Miraste a Cristo, creíste en él, y al recibirle a él, recibiste la vida que es él. A ese misterio se refería el Apóstol cuando escribió: “Pero Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo –estáis salvados por pura gracia-; nos ha resucitado con Cristo Jesús, nos ha sentado en el cielo con él, para revelar en los tiempos venideros la inmensa riqueza de su gracia, mediante su bondad para con nosotros en Cristo Jesús”.

Recuerda la enseñanza de Jesús a propósito de un hijo que vuelve a casa de su padre después de haber derrochado toda la fortuna: “Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos”. Tu fe intuye que tu Dios “te abrazó y te cubrió de besos” cuando “te hizo revivir con Cristo, cuando te resucitó con él y te sentó con él en el cielo”. Tu fe intuye que a ti pobre y pequeña te alcanza “en Cristo” el amor con que Dios ama a su Unigénito, y que ninguna criatura podrá separarte de ese amor. Tu fe intuye que la Pascua es un misterio de amor sin medida: el amor con que Cristo te amó, y se entregó a sí mismo por ti para consagrarte, purificándote con el baño del agua y la palabra, para que fueses santa e inmaculada en su presencia. Tu fe intuye que la Pascua es una experiencia de comunión con el Unigénito de Dios, con el más amado, en quien también nosotros somos hijos. Tu fe intuye que la Pascua es memoria gozosa de un abrazo y una lluvia de besos, es fiesta por los hijos que a Dios le vuelven a casa, pues si a ti te faltaba el pan, a él le faltabas tú. Si quieres saber cómo vuelve a casa el hijo derrochador, escucha lo que dice Jesús al malhechor crucificado a su lado: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”, hoy volverás a casa conmigo. Él volvió con Cristo, con quien a ti te han resucitado, con quien a ti te han sentado en el cielo, con quien tú también estás en el paraíso. Este gran misterio, el de la comunión de Cristo con su Iglesia, que hace eficaz tu oración y verdadera tu Pascua, hace connatural, es decir, conforme con la gracia recibida, el amor de Cristo por ti y tu amor por Cristo, “pues nadie jamás ha odiado su propia carne, sino que le da alimento y calor”.

La piedad te ha representado, Iglesia de Cristo, como mujer que, en el camino de la cruz, limpia el rostro ensangrentado de su Señor. La Verónica eres tú, y, grabado “como sello en tu corazón”,  llevas siempre contigo en los lienzos de tu misericordia el rostro del amado. Si no apartas tu ternura de su sufrimiento, no se apartará su rostro de tu corazón. Otros hallarán razonable que flagelos y espinas hayan llenado de heridas el cuerpo del condenado; muchos lo mirarán con desprecio; muchos estimarán justo que se le aparte como una amenaza y se le ajusticie como a un criminal. Pero tú, desde aquella hora de Jesús, desde aquel primer encuentro con su cuerpo herido, desde tu primera vía dolorosa, aprendiste a enfrentarte a la ceguera de las razones con la claridad del amor. Y sabes que no dejarás de vivir con el resucitado si no dejas de cuidar al crucificado. Por eso sales cada día con tu lienzo y tu ternura a limpiar rostros en las vías dolorosas de la humanidad.

Madrugas por los pobres, y ése es tu modo de madrugar por Cristo. El alma se te va tras el que sufre, y ése es tu modo de buscar a tu Señor. Acudes en ayuda del necesitado, y ése es tu modo de abrazar y cubrir de besos a tu salvador. Te arrodillas a los pies del emigrante para lavarlos, y ése es tu modo de ungir al que mucho te ha perdonado, ése es tu modo de grabar como un sello en tu corazón el rostro de tu amado. Feliz memoria del amor con que Dios te abraza en Cristo, feliz encuentro con Cristo en el camino de los pobres. Feliz Pascua.”

Fray Santiago Agrelo Martínez, ofm, Arzobispo de Tánger

3. Contemplación

A María Magdalena, sentada junto al sepulcro, caminante madrugadora con los aromas para embalsamar el cuerpo amado, le movía el sentimiento, la pena del maestro que perdió, la piedad hacia el salvador que la sacó de la mazmorra; a Pedro le empuja el impulso del que quiso estar a la altura y no pudo y trata de remediarlo; a Juan, ¡ay!, a Juan, el que corría más que Pedro, le envuelve la certeza de una promesa que hizo el Amigo. Por eso entró en el sepulcro, vio y creyó.

Señor Dios, que en este día nos has abierto las puertas de la vida por medio de tu Hijo, vencedor de la muerte, concede a los que celebramos la solemnidad de la resurrección de Jesucristo, ser renovados por tu Espíritu, para resucitar en el reino de la luz y de la vida. Por nuestro Señor Jesucristo.

Francisco glorificado

 Uno de los frailes vio el alma del padre santísimo Francisco que subía derecha al cielo, a modo de una estrella grande como la luna y luciente como el sol, avanzando sobre la inmensidad de las aguas llevada sobre una nube blanca. Con este motivo se reunió numerosa multitud de pueblos, que alababan y glorificaban el nombre del Señor. La ciudad de Asís se lanza en tropel y toda la región corre a ver las maravillas de Dios, que el Señor había manifestado en su siervo. Los hijos se lamentaban de la orfandad de tan gran padre y hacían ver con lágrimas y suspiros los afectos del corazón. La novedad del milagro cambió, sin embargo, el llanto en júbilo; el luto, en fiesta.
 Veían el cuerpo del bienaventurado Padre condecorado con las llagas: veían en medio de las manos y de los pies, no ya las hendiduras de los clavos, sino los clavos mismos, formados de su carne, mejor aún, connaturales a la carne misma, que conservaban el color negruzco del hierro, y el costado derecho, enrojecido de sangre. Su carne, naturalmente morena antes, brillando ahora con blancura extraordinaria, daba fe del premio de la resurrección. Sus miembros, en fin, se volvieron flexibles y blandos, sin la rigidez propia de los muertos, antes bien trocados en miembros como de niño.
Fray Tomás de Celano, Vida segunda,  217a

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